Mario Rizo Rivas
Contador Público Certificado y Maestro en
Impuestos. Socio Director
de Salles, Sainz–Grant
Thornton, S.C., oficina de
Guadalajara y Presidente
del Colegio de
Contadores Públicos de
Guadalajara, A.C.
Twitter: @mariorizofiscal

No es tan común entre los millennials y centennials, pero entre los que tenemos un poco más de kilometraje, entre nuestros padres y abuelos abundan las historias y fábulas con animales. Algunas de mis favoritas tienen que ver con las vacas, esos animales gentiles, un tanto simplones… que curiosamente han protagonizado algunas de las historias más aleccionadoras que he leído.

Las vacas no dan leche. Un campesino le promete a sus hijos que cuando sean mayorcitos, les revelará el secreto de la vida. Los niños preguntan a qué edad será eso. El padre les responde que cuando cumplan 12 años. Justo el día de su undécimo cumpleaños, el hijo mayor le exige al padre, emocionado, que le confiese el secreto. «Las vacas no dan leche hijo», le contesta su padre, muy seguro de sí mismo. El joven, que nació y creció y ha pasado toda su vida en el rancho, sólo se ríe. ¡Pero si él mismo las ha ordeñado! «Las vacas no dan leche», insiste el padre. «Tienes que levantarte en la madrugada, coger un balde, atarle la cola y las patas, aprender a sacar la leche de las ubres. La vaca no te da la leche. O la ordeñas, o te quedas sin leche».

Esta anécdota siempre me ha gustado para compartirla con el futuro heredero o sucesor de una empresa familiar. Porque una de las cosas más importantes que un sucesor debe entender es que la riqueza que hereda no es tan sólo un privilegio, sino una responsabilidad, y que hay que trabajar para preservarla. Las cosas no caen del cielo, el dinero no se da en los árboles, y la vaca no te da leche si no trabajas por ella… lo cual tampoco es una tragedia, sino todo lo contrario: te aseguro que esa leche sabe incluso mejor después de que te esforzaste por obtenerla. Aprender a ordeñar la vaca es empoderador; es, de manera simbólica, el paso de la niñez a la madurez.

Atreverse a matar a la vaca. Otra de mis fábulas favoritas cuenta la historia de un monje y su aprendiz que visitan la casa de una familia muy pobre, que vive al borde de un barranco, y cuya única posesión es una vaca flaca que tienen atada afuera de la casa. Se cuenta que la familia es grande: padres, hijos y abuelos comparten el mismo techo y todos se alimentan de la leche de esta pobre vaca. Sin esta vaca, la familia caería en la miseria. Pues bien: después de pasar la noche alojados con aquella familia, el monje libera a la vaca, la empuja por el barranco, y la vaca muere. El discípulo no lo puede creer. Un año después, el monje y el discípulo regresan a esa casa. Todo ha cambiado: la familia dejó de ser pobre, la casa se veía más grande y en buen estado, y donde estaba la vaca ahora había un huerto. El aprendiz fue a preguntarle a la familia qué había pasado. El padre le explicó que, al darse cuenta de que la vaca estaba muerta, y después de pasar varias horas llorando desconsolados, al fin decidieron reaccionar: buscaron semillas, las plantaron en la tierra fértil, formaron un huerto del que empezaron a comer y del que pronto pudieron vivir vendiendo parte de la cosecha. Ahora estaban mucho mejor que un año antes.

«¿Crees que si esta familia aún tuviese su vaca, estaría hoy donde ahora se encuentra?», le susurró el maestro a su aprendiz. El sabio añadió: «La vaca no sólo era su única posesión, también era lo que los mantenía hundidos en su mediocridad».

Esta anécdota me agrada porque va en dirección contraria al dicho que reza: «Más vale pájaro en mano que ciento volando». Mucho se habla de salir de la zona de confort, pero la gran trampa de la zona de confort es que a veces no nos damos cuenta que estamos en ella.

La fortuna y la mala suerte pueden ser a veces una cuestión de perspectiva, y antes de reaccionar ante una situación hay que analizar si, en vez de una desgracia, no estamos ante una oportunidad.

El autor es experto y escritor de libros sobre empresas familiares y gobierno corporativo.

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