Adrián Alfonso Paredes Santana
Licenciado en Contaduría Pública y
en Derecho por la Universidad de Guadalajara;
Maestro en Impuestos por el Instituto de Especialización para Ejecutivos, S.C.; Diplomado en Estudios Avanzados y Doctorando en Derecho Administrativo por la Universidad San Pablo CEU Madrid y catedrático de la Universidad Panamericana y del Instituto de Especialización para Ejecutivos, S.C. Twitter: @RCEmx

En nuestros Códigos Civiles o de Comercio la libertad contractual es la que permite la creación de relaciones de negocios, algunas para las cuales existen contratos bien regulados en lo general por estos ordenamiento, con particularidades que con el principio de autonomía de la voluntad se logra una regulación y adaptación del modelo de contrato a la necesidad del negocio pretendido.  Tomando en cuenta la diferencia de velocidad que tienen los negocios frente al desarrollo del Derecho, principios como el mencionado permite que se adapten los contratos a estas nuevas modalidades en el comercio.

Para una mejor explicación sobre el tema, sólo nos referiremos al mendo mercantil. El Código de Comercio  tiene la regulación de los contrato la comisión mercantil, el depósito mercantil, el préstamo mercantil, la compra venta y permuta mercantiles, transporte por vía terrestre, entre otros. Recordemos que en sus inicios tenía en su contenido más tipos, pero fueron especializando en sus propios ordenamientos, como lo es en lo referente a contratos de sociedades mercantiles, ahora en la Ley General de Sociedades Mercantiles, al igual que el Contrato de Asociación en Participación; y otro ejemplo sería, el contrato de prenda mercantil, mismo que está vigente en la Ley General de Títulos y Operaciones de Crédito. Para terminar este comentario, también es importante que estas especialización fueron no sólo en ordenamientos, sino en completas ramas del Derecho, como los es la bancaria y la bursátil.

Continuando con el tema, normalmente, se equipará el concepto de contratos atípicos con innominados, pero tenemos una corriente de doctrinistas que hacen una reflexión interesante, a la cual en lo particular me inclino, mediante la cual podemos llegar a un nuevo pensamiento sobre esto, de acuerdo a la palabra “típico”, que refiere a algo representativo o característico, podemos señalar que, cuando un contrato es típico es que es de uso general, y no necesariamente este regulado por la ley, como sucede con los contratos nominativos que estos si son los están regulados; como puede ser a manera de ejemplo, el contrato conocido como Joint Venture, no regulado por el derecho nacional pero sumamente utilizado en negocios en todo el país, lo que lo hace típico, es decir, de un usos relativamente generalizado, que con la experiencia de uso, derecho comparado, criterios jurisprudenciales se establecen algunas reglas que nos permiten utilizarlos con gran seguridad. Siempre en su estudio o desarrollo debemos distinguir entre la tipicidad legislativa y la tipicidad social, pues ante conflictos entre las partes para su solución es el primer paso a dar antes de analizar. En suma,  el contrato sea atípico no quiere decir que también sea innominado, en el sentido de carecer de nombre. La tipicidad es algo que deviene de la ley que regula sus aspectos esenciales, al paso que su nominación puede ser dada o por ésta misma, o por el constante uso que se le dé para relaciones similares.

Ahora, ¿por qué existen los contratos atípicos? De inicio, reitero que las necesidades de los negocios son y cambian con mayor rapidez que las leyes; son consecuencia de la reacción del Derecho ante necesidades sociales para conservar el orden entre comerciantes, evitando se creen impedimentos para su desarrollo. Esta clasificación de contratos es importante para el comercio por que las relaciones deben estar reguladas por un contrato hecho a la medida siempre dentro de los límites legales. En la mayoría surgen como una adaptación de algunos de los contratos existentes en los ordenamientos. Dentro de los atípicos, se distinguen dos clases, partiendo del grado de atipicidad:

  1. Aquellos compuestos por elementos de contratos nominativos y atípicos, los que se denominan como “contratos atípicos mixtos”; y
  2. Los que surgen sin tener una base en los ordenamientos legales, esto es, no coincide con nada de los regulados legalmente, denominándoseles como “contratos atípicos puros”.

Sin abundar en lo anterior, pues son pocas líneas en esta ocasión, pero es un tema sumamente interesante para el desarrollo y entendimiento del tema. La libertad contractual permite celebrar toda clase de contratos, es una facultad casi ilimitada, pues alcanzan sus límites en los intereses sociales que necesariamente han de primar sobre los individuales, pues no pueden contrariar la ley. Dado que se reconoce al contrato atípico como figura genérica, tomando como base la facultad que tienen las partes para perfeccionar sus contratos, no se plantea un problema de obligatoriedad, sino de interpretación. 

En nuestro Código Civil Federal se establece en el texto de su artículo 1858: “Los contratos que no están especialmente reglamentados en este código, se regirán por las reglas generales de los contratos, por las estipulaciones de las partes y, en lo que fueron omisas, por las disposiciones del contrato con que tengan más analogía de los reglamentados en este ordenamiento”, de su texto se puede advertir que lo que hemos estado hablando, tiene un regulación para que los pactado entre las partes pueda ser exigida ante su incumplimiento, pero nada señala sobre su sentido de interpretación, dejando ante una controversia, al juzgador casi como legislador para construir la ley particular aplicable al caso.

En diversos criterios jurisprudenciales se han plasmado algunas fórmulas para la solución del anterior problema de la  interpretación del contrato atípico, de las cuales se pueden resumir en las siguientes:

  1. Respetar la voluntad de las partes;
  2. Aplicar las normas generales imperativas sobre contratos y obligaciones, así como las supletorias que aquellas establezcan;
  3. Buscar las disposiciones vigentes de los contratos nominativos más afines, cuidando que sean compatibles con la finalidad del contrato;
  4. Al ser mercantiles, tomar en consideración los usos y costumbres.

No podremos comenzar de otro modo que no sea constatando claramente que el instrumento en análisis reúna los requisitos de validez que debe tener todo contrato, como es cumplir con la capacidad en los contratantes, consentimiento, objeto lícito y causa lícita; superado lo anterior, pasaremos a analizar el cumplimiento de la carga contractual del interesado en la interpretación, para determinar si está tipificado o no por la ley, de ser lo primero será el propio clausulado y las normas legales que lo regulan, de ser lo segundo, se debe examinar sigue siendo innominado, de ser consistente, será el clausulado en que buscaremos la solución y el empleo de los contratos más similares a su contenido, sea en su totalidad, o bien de acuerdo a las obligaciones contenidas en cada una de sus cláusulas.

Finalmente, reiteramos que cuando las personas contratan quieren realizar un negocio, y no el cumplimiento de un esquema contractual, por lo que la respuesta de los abogados debe ser la más precisa, esto es, plasmar sus convenciones y finalidades buscadas, siempre con la base de los contratos típicos y nominativos más afines existentes. El comercio no puede ser encerrado en fórmulas rígidas; la libertad de negocios, la libertad de contratar y la libre competencia, son la esencia del mercado, lo que permite que fluya, y sabemos que cuando así es, la económica de un país aumenta. Las leyes adquieren obsolescencia rápidamente debido a la velocidad del comercio, el avance tecnológico y la globalización.

Por ello, siempre será un problema la interpretación de relaciones contractuales atípicas, para eso debe estar preparado el consejero de negocios.

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