Mario Rizo Rivas
Contador Público Certificado y Maestro en Impuestos. Socio Director de Salles, Sainz–Grant
Thornton, S.C., oficina de
Guadalajara y Presidente
del Colegio de Contadores Públicos de Guadalajara, A.C.
Twitter: @mariorizofiscal

En nuestra cultura, hablar de dinero sigue siendo tabú. Y cuando no se habla de dinero resulta imposible aprender a administrarlo. La educación financiera, sin embargo, debería ser enseñada en las escuelas desde edades tempranas, pues el dinero es una bestia particular: si no aprendemos a domarla, ella nos controlará a nosotros. Hay una fábula china que habla justo de eso, de cómo un anciano sumamente rico urdió una estrategia para evitar que el dinero lo dominara, y va más o menos así:

Había una vez un hombre que vivía en la antigua China, que cuando era joven había sido pobre. Pero ahora, a sus 70 años, era uno de los hombres más ricos del mundo. Este hombre logró su riqueza a base de mucho esfuerzo: había trabajado toda su vida desde que era muy joven, y con constancia, tenacidad y algo de suerte logró amasar una fortuna. Sin embargo, no fue de su interés trabajar toda su vida y, en su vejez, prefirió dedicarse a disfrutar de una vida tranquila, cómoda y feliz.

Uno de los mayores placeres de este buen hombre era invitar a sus hijos, amigos y familiares a comer con él, y ¡vaya que la pasaban bien! Aquellas comidas eran más bien banquetes. Y siempre, cuando llegaba la noche y el hombre despedía a sus invitados, lo hacía obsequiándoles costosos regalos.

Un día, sin embargo, su mejor amigo quiso hablar con él. Le preocupaba que estuviera despilfarrando todo su dinero y, encima, que estuviera malcriando a sus hijos. El anciano le dio un sorbo a su té, y respondió:

«Desde que nacieron, mis hijos han recibido la mejor educación. Antes de que cada uno se fuera de mi casa a buscar su propio camino, les inculqué el valor del trabajo duro, les ayudé a formar su carácter. Les di todo lo que necesitan para salir adelante. Si yo les heredara toda mi riqueza ellos ya no se esforzarían por lograr sus objetivos; en lugar de eso se volverían comodinos y malgastarían el dinero. Seguiré disfrutando de mi dinero y a ellos les dejaré sólo lo necesario para no arruinar sus vidas».

La decisión de este anciano es muy respetable, pero creo que este señor tendría las cosas más fáciles si en su tiempo hubieran existido los fideicomisos de administración y sucesorios para las familias empresarias. Me explico:

Todo proceso de sucesión de toda empresa familiar es multifacético: el fundador debe crear un plan para su retiro, debe asegurarse de crear un plan de carrera para el sucesor, deben quedar sentadas las bases del gobierno corporativo y, entre otras cosas, está también el tema de las herencias. Para evitar conflictos familiares similares a los que preocupaban al anciano de la fábula, el proceso de repartición de bienes debe estar más que blindado, y ahí es donde entra la figura del fideicomiso.

De hecho, el fideicomiso resulta una herramienta mucho más efectiva que el testamento, principalmente por su flexibilidad. El fideicomiso debe acatar todas las instrucciones que el fundador le dicte, por lo que puede adaptarse a las circunstancias particulares de cada familia empresaria.

¿Para qué me sirve un fideicomiso?

El fideicomiso es un contrato que el fundador (fideicomitente) puede celebrar con otra entidad, como puede ser un banco (fiduciario), para que administre o invierta ciertos bienes en favor de uno o varios beneficiarios (fideicomisarios). El primer beneficiario del fideicomiso puede ser quien lo crea, en este caso el fundador, y después de él las personas que él disponga, por ejemplo, sus hijos o herederos. Además, a diferencia de lo que muchos creen, el fundador puede mantener el control sobre sus bienes al establecer un fideicomiso revocable (en un fideicomiso irrevocable, los términos que quedan fijados ya no pueden modificarse).

La diferencia más importante con un testamento recae en quién pasa a ser el propietario del patrimonio que planea heredarse. En un fideicomiso irrevocable, el fundador deja ser el dueño del patrimonio que ahí deposita: ahora quedan como propiedad del fideicomiso, no de una persona física, y el fundador ya no puede heredarlos a través de un testamento. Cabe señalar, sin embargo, que un fideicomiso revocable pasa a ser irrevocable tras la muerte del fideicomitente.

Como siempre, es recomendable buscar el apoyo de un especialista para articular un fideicomiso.

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